Toda la vida quise ser un perro. Sigo deseándolo.
Y sé que ya no lo seré nunca, jamás.
Un perro negro, con mucho de lobo.
Más callejero que domesticado.
Yo quiero ser de esos que tienen muchos dueños y nombres, y a la vez ninguno.
Que salen solos, que vuelven solos.
Un perro, no una perra.
Las perras sufren mucho a causa de los perros.
Las vi durante toda mi infancia perseguidas por perros en celo, luego embarazadas mil veces, mil cachorros, las tetas por el suelo.
Ni loca una perra, pero nunca uno de esos perros perseguidores.
Perro niño viejo toda mi vida.
Solitario, silencioso.
Un lobo en la calle.
Ese perro lobo jamás existió, pero si sus fotos.
El álbum de su vida.
Su vida perruna salvaje en soledad, con amigos, con amores.
En casa, en el bosque, en el campo.
Aspectos de este perro


Este perro no está del todo domesticado, ni es del todo salvaje.
Es un ejemplar de lo que permanece en el linde de ambos mundos.

Goza de un oído privilegiado, aunque común entre los perros. Escucha la puerta del auto cerrarse y su corazón se llena de júbilo.
Sin dudarlo baja del sillón y se sienta frente a la puerta de calle, espera lo que sabe que llegará.
Escucha el ladrido lejano del terrier, y luego de los otros. También el aullido del lobo y el golpeteo de la rata bajo la tierra.


Su voz va del grave al agudo ronco sin problemas, su enorme caja toráxica le sirve de instrumento, su memoria le posibilita imitar.

Huele el miedo, el peligro y la maldad.
El odio, el dolor, el hambre y las tormentas lejanas, todo eso es capaz de oler.
La impotencia, la tristeza y la mentira.
A su amiga.
Al sexo.



Sueña que corre por el monte entre matorrales, persiguiendo algo o a alguien.
Siente su propio olor, salvaje y semejante –en este sueño- al del jabalí.
Escucha su respiración jadeante, irregular, y su corazón golpear el borde de las costillas.
Sueña que es otra bestia, de mayor tamaño, de menor conciencia. Puede intuir la ausencia del pensamiento. En su lugar encuentra fuerza animal desconocida y algo más, innombrable.

MI PERRO SOY YO
Este perro no tiene pulgas.
Nunca se lastimó seriamente.
Tampoco peleó con otro perro.
Ningún humano intentó lastimarlo jamás.
Conserva una distancia prudente ante todo, ante todos.
Por su tamaño y templanza genera respeto.
No admite jerarquías.
No es líder, no tiene subordinados, ni jefes.

No corre a los autos, ni a las motos, ni a las bicicletas.
Le da pereza hacerlo, pero sobretodo teme lastimarse.
A veces es en exceso precavido con su cuerpo.
Le teme al dolor físico, a los accidentes.


Tampoco se acerca a los caballos, le asustan el tamaño y el metal bajo sus patas.
Una vez, vio a un perro volar por la patada del caballo.

No recuerda a su madre ni a su padre.
Sólo se conoce a si mismo.

Está acostumbrado a perder.






Caza animales pequeños como roedores. Lo hace cuando tiene hambre y cuando no, también.
A veces por placer. A veces le resulta inevitable, cuando lo domina su instinto salvaje.
Cuando caza por instinto - no por hambre ni placer- casi nunca lo recuerda.
Más de una vez se encontró a sí mismo con el animalito entre sus dientes, colgando, sin saber cómo llegó hasta ahí.
Cuando lo hace por placer lo recuerda todo, cada detalle.
El momento exacto del salto sobre su víctima, la desesperación, su entusiasmo creciente. Sus colmillos entrando en el cuerpo ajeno y caliente, la sangre entrando en su hocico, su olor a metal. El corazón del otro aún latiendo, el suyo excitado y enloquecido.
Los ojos abiertos sin ver, los suyos y los de su víctima.
La blandura de la muerte, el abandono. Su pérdida de interés inmediata.
Cuando caza por placer no se come al animal. Lo deja tirado sobre la tierra.
Una sola vez enterró a un conejo.


Tiene el hábito de hacer pozos y enterrar huesos.
Pero no los busca después.
Los deja como un botín privado de otros y de futuro.

Se revuelca en cadáveres de pájaros, de sapos, de insectos, de gatos. De otros perros.
Le gusta llenarse de ese olor extremo, químicamente distorsionado, transformado.
Ser otro por un rato.


Este perro ya es adulto, se asusta menos, se enoja menos.

No pertenece a un único hogar. Tampoco tiene un único nombre.
En verdad no tiene ninguno. Lo confirma cuando pasa un tiempo alejado de las personas, en soledad.

Este perro conoce el mar, la montaña y el bosque.
Vivió en cada uno de estos lugares.

Del bosque recuerda el vértigo que le provoca saber
que cuando entra en él,
entra en la noche.
El olor del pino y del eucalipto.
Ver el viento en lo alto de los árboles.
El llamado del búho.


Del mar recuerda ver salir el sol del agua.
El movimiento perpetuo.
La arena entre sus dientes.
Los pingüinos muertos en la orilla
A sus amigos perros.


De la montaña recuerda la altura, la cercanía con el águila.
El cuerpo cansado por subir de piedra en piedra.
La yarará.
Beber de la vertiente.


En la ciudad duerme en la casa de su amiga, con ella.
Extiende todo su cuerpo a lo largo de la cama
y apoya su cabeza en la almohada.
A veces ella lo confunde con un hombre.
Su cara tiene surcos que bajan desde los lagrimales y rodean su hocico peludo y cuadrado – un surco por cada ojo -. Izquierdo, derecho.
No se notan por ser tan negro. Su brillo natural confunde lo sedoso con lo mojado.
Esta tristeza no tiene un lugar ni nombre específico, y aunque a veces logra identificarla, se le escapa en la abstracción de sus pensamientos.
Y es súper antigua.
Lo habita con frecuencia casi desde siempre y ya aprendió a vivir en ella con dignidad.
No es su víctima.
En algunos casos, cuando se profundiza, es como si tuviese puestos unos lentes de lupa. Con ellos es capaz de percibir lo prístino del momento. A esta visión la acompaña un gran silencio.
En cada episodio de esta naturaleza el perro crece.



Su lengua es negra 
lo sabe porque la vio reflejada ese día en el estanque.

Hay horarios en los que puede verse reflejado y otros en los que no.

A veces va en el horario espejo porque le asombra reconocerse, aunque le de miedo
 todo negro ahí
, pelos, ojos, lengua, todo.


Desde entonces el miedo es relativo a la imagen de sí mismo.